22 jul 2016

El rictus admirado

Con la majestad que le es propia a los tronos colmados de luces en los que desfilan en procesión, cualquier jueves santo, las reinas de los cielos, el carrito de plástico con una enorme bolsa amarilla en la que la leyenda en rojo Clear hacía de mascarón de proa, se fue acercando pausadamente al campo de visión del público que esperaba paciente. Se vieron distintos pulverizadores conteniendo diversos líquidos verdes o azules; con pompa llegaron los frascos de lejía, plumeros o bayetas que protegían la amura y detrás, como si de la santabárbara se tratase, orgulloso se alzaba el palo de la fregona y más abajo el cubo con su ingenioso escurridor. Conducía esta máquina insigne, muy pagada de sí misma, Plácida Expedito que no miró sino al frente en todo momento.

Cuando divisó el portento que era el carrito de la limpieza, a Juliana Moreno se le iluminó la mirada. Sentada en un banco junto a dos personas más, esperaba a ser atendida por la asistente social cuando le llegase el turno y fue presa de un arrobo beatífico. Ahí va esa mujer envanecida de su henchido carro de la limpieza, con su uniforme impecable y mono. Y con su sueldo a fin de mes y sus pagas extraordinarias...

Quien estuvo atento, allí pudo ver el rictus admirado más acabado que se haya podido captar nunca.

20 jul 2016

Avistadores de ovnis

Mantenerse a flote en las turbias aguas de las crueles dictaduras timoratas era muy difícil, por eso los avistadores de ovnis, los fervorosos del misterio y toda la nómina de benditos orates ajenos a lo real eran los que mejor las sobrevivían y son, hoy también, los que mejor sobreviven al akelarre de los granujas que predican los más laudables principios hasta que llega la hora, ante el hipnótico fuego de los deseos, de ser actor de reparto; lo que supone ser mirado y aplaudido al mismo tiempo que se trinca en caliente la parte de la codicia. Llegado este trance, la vanidad del granuja arrumba todos sus afinados trinos, muestra la punta de su vasta ruindad y causa al público una enorme repulsa. El avistador de ovnis, por su parte, medita intrincados misterios, trenza explicaciones extravagantes y nunca ceja en un empeño quimérico y febril que mueve a la ternura.

El avistador de ovnis vive su descabellado proyecto porque le permite ser feliz al mismo tiempo que su pasar es discreto, siempre pulcro y ajustado a una aceptable rutina. Desvía así el avistador de ovnis las sospechas que pudieran colgarle un marbete indeseable; es astuto pues, pero la cualidad principal del avistador de ovnis es su comprensión agudísima del alma humana, cosa que le permite calar al granuja muy pronto y dedicar con calma todos los recursos de su caletre a determinar si aquella luz dudosa y resplandeciente procedía de Circinus o de Andrómeda.