4 mar 2011

Médicos

El sueño de numerosos jóvenes consiste en convertirse en médicos, movidos sin duda, por el halo de glamour, prestigio y sex appeal que envuelve a esta profesión.

Para acceder a ella es preciso, por este orden, disponer de excelentes recursos económicos para entrar en una facultad de medicina privada, estudiar mucho y tener un notable expediente académico para ingresar en una facultad pública, tener buena memoria y, en cuarto lugar, ser hábil.

Con suficientes posibles y paciencia, cualquier botarate se convertirá en rey de la cirugía estética.

Con un apreciable expediente académico, los estudiantes serán médicos y algunos afortunados serán especialistas en cosas diversas.

Todos necesitarán casi tanta memoria como los elefantes y, por último, sólo los hábiles se convertirán en grandes cirujanos, pero lo que sí que es cierto es que su periodo de formación transcurrirá, como en ninguna otra carrera, en medio de una actividad sexual desbocada y progresivamente creciente a medida que se aproximen a la cima del follisque que es el MIR, a juzgar por lo que didácticamente nos muestra la televisión.

Quienes lleguen a ser médicos de familia no tienen por qué estar mohínos. Si disponen de una bata blanca con un amplio bolsillo superior para guardar en él entre veinte y treinta y dos bolígrafos, serán constantemente admirados mientras desfilan con porte elegantísimo por los pasillos del ambulatorio.

Los que pillen especialidad no solamente podrán mirar a la peña con estudiada indiferencia sino que podrán tener a los del párrafo anterior por mierdecicas y, como los jueces y fiscales, sentirse dioses mientras asisten a congresos variopintos que se celebran en los lugares más paradisíacos del planeta, todo by the face y en un clima de disipación sin cuento.

La clase médica, para terminar, tendrá siempre a sus dignos representantes metidos en emisiones radiofónicas o televisivas porque los periodistas -esa profesión del morbo, la frivolidad y el vacío- les reclamarán siguiendo una absurda y repetitiva agenda de alergias, peligros solares, dieta mediterránea y otras pollas en vinagre constantes año tras año.

Ser médico mola. Decir que lo eres (“soy médico”) epata y, ya lo hemos dicho, se folla de lo más; de manera que si sus hijos se deciden por la medicina, no se lo quiten de la cabeza porque hasta pueden terminar siendo actores.

18 feb 2011

Fahrenheit 451



















La producción de algunos insignes literatos patrios que calientan asientos en la Real Academia, muchas veces es de calidad dudosa. El sargento primero Pérez Reverte, por ejemplo, escribió una novela buena y después ya, con el rollo marcial y el nometoquesloscojones, a vivir.

Podríamos mandar al fuego toda su obra cuando empezase a extinguirse la hoguera de Sánchez Dragó, pero vamos a ser tiquismiquis y sólo le quemaremos un libro: "El pintor de batallas". ¿Para qué hay que leer ese plomo si se puede hacer un curso CCC de fotografía?


14 feb 2011

La incesante navidad

El cerrajero dio paso a la comitiva judicial y los ojos de todos se acomodaron a una luz extraña de un tono general rojizo. 

Lo que se descubrió allí era la intemporal Navidad. Las ventanas estaban enmarcadas en espumillones, un Belén empolvado lucía intermitencias, ora en el portal, ora en el castillo de Herodes; el árbol que se había inclinado un poquito, también lanzaba destellos y de un aparato musical brotaba un villancico en inglés.

Hacía bastante calor no solo porque era mayo, sino por la iluminación navideña que caldeaba el cerrado ambiente.

Lo peor fue el olor a putrefacción que venía desde la habitación donde encontraron a don Perpétuo Adviento, fiambre desde hacía quince días y aferrado –como muchos- a lo que siempre le había hecho feliz porque ya no le quedaba nada.

1 feb 2011

León Trujillo



 Esta es la breve historia de un hombre que nació en Cañuelas, muy cerquita de Buenos Aires, el año de 1859 y vivió apaciblemente disfrutando de su familia en la pampa amena y hermosa.

Con el despacho de teniente y veinte pujantes años, León Trujillo Volpini tomó parte en una campaña militar, que se gestó en lo que toca a la estrategia y la teoría social y política, en el palacete colonial que su familia tenía en Cañuelas y cuyo objetivo era darse prisa en conquistar lo que los ingleses codiciaban.

Antes de partir hacia el desierto con las tropas del coronel Levalle, contrajo matrimonio con una de las hijas de un gran amigo de su padre que por aquel tiempo gozaba del más alto prestigio nacional. La boda, se puede imaginar, fue un acontecimiento social muy notable pero la luna de miel duró poco porque las fuerzas militares se movieron rápidamente hacia el sur.

Cuando comenzaron las hostilidades, León Trujillo quedó apercibido de dos cosas: por una esquela que el correo le trajo desde Buenos Aires, que esperaba un hijo y por el informe oficial de la Comisión Científica, que los nativos valían más muertos que vivos; así que, con la ilusión de lo primero se lanzó a lo segundo como un Pizarro redivivo.

En todos los frentes el ejército actuó con enorme diligencia por lo que la Conquista del Desierto finalizó en el Cabo de Hornos de manera tan exitosa que la Argentina triplicó su territorio y entonces es cuando empezó lo mejor que tienen las conquistas: el reparto.

León Trujillo Volpini, que era yerno del ministro de la Guerra, obtuvo dos ascensos por los muchos méritos logrados y terminó la campaña contra el indio como comandante y propietario de una extensión de terreno tal que desató las envidias de sus correligionarios. Hasta se empuñaron revólveres aunque sin mayores consecuencias, gracias a las veladas amenazas de consejo de guerra sumarísimo que llegaron por conducto reglamentario.

Tras una estadía en la capital, durante la cual su primogénito Napoleón Trujillo Roca tomó la primera comunión, la familia preparó su traslado a la pampa para establecerse en una estancia muy bella llamada La Inglesa.

León Trujillo se convirtió en ganadero en un momento dulce porque la industria frigorífica había llegado ya a los barcos que cruzaban el Atlántico y la carne del vacuno argentino era muy apreciada allende las fronteras donde, por otra parte, se estaba cociendo un descomunal conflicto que asolaría Europa.

Nuestro hombre sabía muy bien que en río revuelto las ganancias son para los pescadores, así que movió los resortes de su agencia comercial de Plymouth (Reino Unido) y en poco tiempo su fortuna pasó a ser una de las más importantes de la república. Dar de comer al hambriento a veces tiene esas cosas.

Terminó sus días felizmente, bajo el cielo limpísimo de la pampa, como respetado patriarca y ganadero modelo.

28 ene 2011

Los ebanistas

Aprendían estos artesanos su oficio con mucha paciencia para tener pocas equivocaciones porque las maderas que labraban eran nobles y noble también era el propósito que les movía: producir muebles para la vida.

Los maestros ebanistas pensaron en la funcionalidad y después en el ornato; de tal manera que el verdadero maestro sabía unir función y forma de un modo admirable.

A lo largo de los siglos, los ebanistas, sin dejar de ser artesanos, pasaron en muchos casos a ser artistas y de tal calibre que hasta crearon estilo. Thomas Chippendale por ejemplo era tan bueno el tío, que creó un estilo que lleva su nombre; eso es lo que debió de mover a los arquitectos a meterse en camisa de once varas e inaugurar la moda del mueble absurdo.

Volvamos al temazo porque a los ebanistas, que tan cómodos sillones, chaise-longues y sillas han puesto a nuestros culos, nunca nadie les ha ofrecido un doctorado honoris causa y por más que, como Chippendale, estuvieran en la cima jamás fueron ególatras o megalómanos como lo son esa otra clase de artesanos con delirios académicos, dedicados a lo perecedero, que hacen de la cocina una tremenda mixtificación científica.

Una silla cómoda puede que pase inadvertida porque el sentarse bien es lo que uno espera; las sillas que llaman la atención son aquellas que nos muelen la columna vertebral o nos torturan el coxis. Un plato bien resuelto tampoco llama mucho la atención, se come con deleite y a otra cosa; pero si ese plato, como su creador, rezuma petulancia la cosa cambia porque nos hace entrar en la nube de lo difícil de comprender y más difícil de pagar, entramos en el mundo del diseño culinario, de la alta cocina como dice esa caterva de vividores que se llaman críticos gastronómicos.

11 ene 2011

Hombres del tiempo

La vida da muchas vueltas y lo que ayer causaba pavor, alimentaba negocios desmedidos y ocupaba a los medios de comunicación, como por ejemplo la gripe A, hoy pasa a segundo plano porque son los calaveras codiciosos de las agencias de calificación financiera los protagonistas del cotarro.

Algo parecido ocurre con los telediarios porque los hombres del tiempo han cobrado un protagonismo desconocido desde que llueve y las urbanizaciones proyectadas con el culo se inundan.

El hombre del tiempo siempre tuvo cierta relevancia pero pasaba sin pena ni gloria dando la espalda a un mapa de España muy parecido al que había en los colegios. Eran años en los que los principales interesados en la evolución del tiempo atmosférico eran los agricultores y ellos ya se compraban el calendario Zaragozano.

Cuando la sociedad urbana empieza a asombrarse de que en invierno haga frío, nieve o llueva porque, como las mejores guerras que libran los norteamericanos, se pueden trasmitir por televisión todos los meteoros y sus consecuencias, el hombre del tiempo empieza su crecimiento personal.

Las cadenas de televisión les conceden casi tanto tiempo como al Real Madrid, ganan un espacio propio, las casas comerciales les proporcionan vestimenta para su promoción y los tíos se permiten hasta contarnos los denuestos de Bóreas y Céfiro.

El rollo que meten en sus intervenciones es tan tupido y pastoso que aturde. Nos avanzan el tiempo que hará en Nueva Delhi o en Canberra. Pronto veremos concursos dentro de su espacio televisivo. Están tan crecidos que dan un poquete de susto y quizá sea el momento de mandarles a la mierda y no hacerles ya ni puñetero caso.