3 may 2012

La primera llama


Había un día extraordinario en el que, con los primeros frescos, se encendía la humilde estufa de gas en las casas. Era un momento tenso porque nadie tenía la certeza de que aquel ingenio calefactor fuera a funcionar sin problemas. Pero era también prodigioso porque, si todo salía como era de esperar, la primera llama desprendería un olor confortable, de íntima satisfacción.

Quienes han tenido una estufa de gas de las antiguas, seguramente sabrán recordarlo. Era el olor del cambio de estación y el anuncio de un cierto recogimiento familiar. Y eso que lo que se quemaba era el polvo del verano.

24 abr 2012

Lavativas


Lo que supone la aplicación de una irrigación o lavativa difiere un poquete de la imagen que nos ofrece la iconografía picaruela aunque básicamente nos enseña que la cosa consiste en introducir líquidos en el recto y el colon, a través del ano, con fines terapéuticos y con instrumentos de distintas formas y capacidades.

Pues resulta que en la escala de valores saludables del ciudadano de mundo, entra con fuerza la necesidad de someterse a lo que estéticamente se llama hidroterapia del colon.

Las lavativas de porcelana, indispensables otrora en los hogares decentes, han pasado ahora a los salones de belleza aunque debidamente tuneadas; de manera que después de hacerse las ingles brasileñas, lo mejor es una buena lavativa y a volar.

O se trata de eso, o de lo que estamos hablando es de la clismafilia de siempre.


20 abr 2012

Las coplas radiadas


En aquellos años de feliz inocencia no era habitual disponer fácilmente de música. Tocadiscos (picús, que se decía) no había en todas las casas y magnetófonos, pocos; por eso la radio era el postigo por el que se colaba la música en miles de hogares españoles.

Las canciones, las ponían enteras para respetar a los artistas y al asombro de los radioyentes.

La madre de Catecúmeno Mirón, diligente ama de casa, amenizaba sus tareas con la radio, dulce compañía. Solía hacer algún descansito mirando hacia ninguna parte mientras radiaban alguna copla bonita; luego seguía a lo suyo, suspiraba y muchas veces se arrancaba a cantar ella misma. Eso era la admiración de Catecúmeno Mirón. ¡Qué chorro de voz! ¡Qué limpio y entonado!