30 mar 2016

Apellidos

Como cada verano, su familia se trasladó a Carcabrute donde habría de permanecer hasta la primera semana de septiembre.

De un año para otro el programa de actividades variaba muy poquito y tuvo la idea de hacer un recopilatorio de todos los apellidos de Carcabrute. La cosa no pintaba muy difícil porque, con solo 123 habitantes, terminaría pronto. Su padre habló con el alcalde y éste facilitó el acceso del chaval al padrón de habitantes y con unos cuadernetes de los que van con grapas tuvo organizados todos los apellidos de Carcabrute en tres días y le supo a poco.

Su padre habló con el señor cura y también pudo acceder a los libros parroquiales en los que se asentaban bautizos y defunciones y la colección creció.

Carcabrute era un remanso tan grande que solo la llegada de la prensa atrasada, por medio del señor León, el hombre de la furgoneta, animaba el curso de los ciclos solares. El chaval leía la prensa mientras su padre, que se dedicaba a finalizar piezas musicales a las que ponía los dos o tres últimos compases, ultimaba trabajos. Reparó en los apellidos que salpicaban los tabloides y el señor León tuvo que traer más cuadernos porque se quedó corto con la ampliación.

El inicio del curso escolar supuso un giro formidable y ambicioso para su colección de apellidos. Incluyó los de sus compañeros de clase, de curso... Habló con don Nicomedes, el director del colegio, y éste ponderó la colección como una gran obra recopilatoria de los apellidos de las Españas cosa que impulsó el crecimiento de la colección de una manera tremenda.

22 ene 2016

Bedford Falls

La ciudad ficticia de Bedford Falls, es el marco genial en el que la guapísima Donna Reed y el campechano James Stewart viven una aventura de cuento que se ha convertido en uno de los clásicos navideños de todos los tiempos. Tan adherida está la tierna "It's a wonderful life"al protocolo navideño que, para muchos, es muy difícil imaginar una navidad sin esta película.

Bedford Falls dispone de un alumbrado público escaso pero suplido por los resplandores que emiten los comercios, cines o salones de baile con hipnóticos neones y bombillas multicolores.

Si repasamos las escenas del film nos daremos cuenta de que casi todas suceden en interiores o de noche con una iluminación tan mortecina como la de mi pueblo durante las largas anochecidas de diciembre en las que no había ornato navideño. Las casas tenían su Belén; los comercios, unos espumillones tan brillantes como polvorientos y algunas bolas de vidrio que se quebraban con solo tocarlas. Así de triste era la cosa. Algunos niños, formando coro, pedían el aguinaldo a las puertas de los ultramarinos con las narices rojas y mocosas. Los días se iban en reuniones familiares, misa del gallo y bromas a cuenta de los santos inocentes.

Cada vez que, por navidad, reponen "Qué bello es vivir" y la oscuridad de Bedford Falls se cuela en la circunvolución cerebral de los recuerdos, emergen las noches aquellas en las que las preocupaciones eran pequeñas y parecía que todo iba a ir siempre bien; en las que hasta era posible que el año siguiente abriera la era del pantalón largo.

6 nov 2015

Sultán

Como cada primer jueves de mes, doña Consuelito Camps había ido a confesar a San Francisco. Ese era el peor día para el cabildo de la concatedral porque doña Consuelito acudía siempre con Sultán, un carlino de regular mala leche que la señora dejaba bajo la custodia de algún sacristán hasta que finalizaba la diálisis de su alma. Nunca faltaba a su cita y nunca consentía que Sultán se quedase en la calle, tenía que estar en sagrado mientras ella se ponía a bien con Dios.

El perro ladraba, revolvía y se meaba en la sacristía...Se portaba mal, pero a los clérigos no les quedaba otra que aguantarse. La familia Camps -de Obleas y Ornato Sacro Camps- siempre les había obsequiado con generosidad ora con cajas de un extraordinario jerez, ora con jamones de Montánchez.

Finalizado el expurgo de sus pecadillos,  doña Consuelito daba una vuelta a la iglesia por fuera de la verja que la circundaba y enmarcaba un ameno jardincillo. Gustaba de leer las muchas lápidas que, en homenaje a tal o cual obispo, alicataban las paredes exteriores. No las veía bien de lejos pero se sabía los textos de memoria.

Al pasar cerca de la puerta lateral de la verja, Sultán se paró un momento para mirar al jardín y movió su enroscado rabo. De un barullo de ropa que había sobre un banco, asomó una cabeza negra con las orejas muy tiesas y un poquito a su derecha un rabo se movió con fuerza. Era el perro de Tomás, el pobre de solemnidad de la parroquia. Doña Consuelito miró un instante a Tomás y éste la saludó con una rápida inclinación de cabeza. Con un leve tironcito de correa, Sultán se puso en marcha sin perder de vista al perrete vagabundo.

22 oct 2015

Pañuelo

Sucedía que tener pan de molde en casa era un claro signo de mundano savoir-faire. Se compraba en los pocos supermercados que había y aunque te lo vendiesen florecido, daba lo mismo, se consumía cuidando de morder solo lo blanco. Se pegaba al paladar pero eso era comida de ricos, seguro.

Era como entrar en la civilización pero desde el corral, si en el mundo civilizado hay corrales en las casas. Creo que no.

Por aquella época era normal también que, en el momento en que ya estabas abriendo la puerta para salir de casa, tu madre te gritara ¿llevas pañuelo? Y vuelta atrás para aprovisionarte de uno y eso que decían que había pañuelos de papel para mocarse una sola vez.

1 sept 2015

Abrazo

Uno se cree que, metido en el siglo veintiuno entre faceboocks, whatsapps, twiters y todas las redes de información que se nos ocurran, es imposible que el ahora mismo nos depare una sorpresa que no sea tecnológica; pero va y al dar la vuelta a una esquina del verano, se nos aparece una rondalla de pulso y púa que para ante una puerta y se arranca a cantar “La Aurora”. Las luces de la casa aumentan su intensidad, la puerta se entreabre y la cara que asoma da un grito emocionado y el cuerpo al que pertenece esa cara sale disparado hacia la calle, mientras los ojos de esa cara lloran sinceramente y con la misma verdad moquea la nariz y todos esos fluidos se estampan en una cara, en un cuello, porque así son los abrazos.

13 ago 2015

La máquina del tiempo

Conchita Bautista, como todos los cantantes de la era del vinilo –ese camelo mitificado que requería carísimos y complejos equipos reproductores para oír algo- debió ganar mucho dinero con la venta de sus discos, los bolos y las pocas películas en las que intervino; pero competía con grandes valores de la escena musical como Carmen Sevilla, Lola Flores o, la más jovencita, Rocío Jurado y por eso no era ni carne ni pescado. ¿Cantante ligera? ¿Tonadillera? Voz gutural, especializada en los grandes certámenes de la canción que durante los años 60 del siglo XX lo petaban. A una dictadura siniestra como la española, le interesaba proyectar buena imagen y en todos los fregados había alguien defendiendo los valores musicales patrios.


En fin, la recordamos aquí junto al gran Augusto Algueró que probablemente sea el compositor del ADN musical de una o dos generaciones de españoles (con Juan Carlos Calderón). Los dos son responsables de canciones imperecederas que forman parte de nuestro genoma cultural.

Hemos elegido “Será el amor”, interpretada por Conchita Bautista y compuesta por Algueró, para nuestro viaje en el tiempo porque es bonita y para desmentir a los bobos que, como Alfonso Ussía, sostienen que la compuso para la película “Torrente, el brazo tonto de la ley”.

[En marcha]

7 ago 2015

Amistades

Como las estalactitas, las amistades se forman tan lentamente que al pasar revista al tiempo del que datan, resulta imposible hacer precisiones. Teodoro Golfín y José Ido mantuvieron durante sus vidas una inquebrantable amistad que se forjó en Alcalá de Henares durante la primera mitad del siglo XIX.





Teodoro Golfín estudiaba medicina y todos los días a la misma hora pasaba por la puerta de una librería de viejo que atendía José Ido, escritor de folletines e hijo del dueño. En el instante muy breve de cruzarse el estudiante y el escritor, intercambiaban un “buenos días”. Eso fue así desde 1820 al otoño de 1823. Aquel jueves, Teodoro Golfín, tras el intercambio de “buenos días” con José Ido, hizo una pausa dramática y añadió: “parece que refresca”.