16 jun 2021

La mano del padre

 

Dar la mano, para saludar o para despedirse, implica casi siempre un riesgo porque muchas personas la dan de modo cicatero, sin ofrecerla sino más bien hurtándola, abreviando el contacto, rehuyéndolo. También existe la posibilidad de que la mano esté fría o sudorosa, así que dar la mano es un trance del que muchas veces se sale con bien y otras, por desgracia, decepcionado.


 En cambio uno de los lugares más seguros es la mano del padre. Conocemos sus dimensiones, su tacto, su temperatura y no me refiero a la mano del padre que administra severos correctivos en forma de bofetones sino a aquélla que buscamos o nos encuentra en las horas más bajas, la que esperaba el instante para no ser empalagosa sino balsámica.

Trascender lo razonable, remarcarlo o darle carta de valor muchas veces requiere del notario de la vida, de la mano del padre que, como el agujero de gusano que tan del gusto de Proust hubiera sido, nos lleva al mar de los perpetuos consuelos donde no valen las excusas ni las contriciones porque todo, desde hace rato, está ya perdonado. 

22 nov 2020

El episodio


 El televisor parpadeaba en color y en blanco y negro otro documental machacón sobre la copla, esa insignia de la caspa que todos los artistas coinciden en ensalzar con el apelativo de "cultura de España". Bueno, pues allí canturreaba algún digno representante del género y comenzaron los alaridos que venían del fondo del pasillo ya mal iluminado porque la tarde declinaba. Toda clase de imprecaciones, un cagarse en la puta madre que parió a nosequién, golpes, bufidos...

Paqui dejó despacito un calcetín que zurcía, se puso las zapatillas -chinelas eran, creo- tomó aire por la nariz y lo exhaló con resignación; se había levantado de la silla y se apoyó un instante en el marco de la puerta, levantó la cabeza para prestar atención porque el pasillo estaba en silencio pero volvieron las voces. Paqui negó con la cabeza y se puso en marcha despacio.

Por el camino hacía memoria de las recomendaciones de la psicóloga: tono suave y calmado, sin alterarse, escuchando paciente sin imponer nada. "Me cago en sus muertos", pensó porque de todas todas hubiera preferido estallar pero esa mierda de la calma casi siempre funcionaba.

Arreciaron los gritos como un pedrisco con viento racheado y Paqui llegó al quicio de la puerta, movió la manija despacio y chirriaron los goznes; eso interrumpió la grita y la puerta siguió su apertura con gran silencio de fondo.

Un Son Goku de resina atravesó en diagonal la habitación en vuelo supersónico y fue a estamparse contra una estantería repleta de videojuegos, se recuperó la salmodia desaforada de imprecaciones, gritos e incluso llantos momentáneos circunstancia que aprovechó Paqui para tomar asiento.

"¿Ya te ha dao, Kevin Ambrosio?" Pero la respuesta no afloraba y la traca siguió su acelerada explosión. Casi tres años de lo que los entendidos llamaban episodios. ¡Muy bien dicho! ¡Como si aquello fuese un serial televisivo que puedes decidir no ver! ¡Episodios! Es que está en una edad difícil. Coño y yo, pensaba Paqui.

Comenzó a hablarle tan quedo que ni ella se oía. Era como una oración; el avemaría que invocaba la calma. Siempre soltaba el mismo párrafo con el mismo incremento de voz y las mismas pausas. Cuando llegó a ¿quieres un vaso de leche templada? el vendaval amainaba. "No, quiero la pley".

Se levantó y le dio un beso en la frente y un apretoncito en el cuello; suave sin casi fuerza. Salió de la habitación y sin prisa se marchó llorando a la cocina.

26 dic 2018

Lo menos treinta años


Cuando se encendió la luz, le dio al botón que abre la puertecita e introdujo un disco que, después de las advertencias contra la piratería, las amenazas, trailers y puñetas, liberó por fin las imágenes que exhibió la pantalla: Un hombre adulto con una enorme camiseta roja, sobrerillo, peluca y nariz postiza se dirige al público infantil para preguntarle en tono campanudo: "¿cómo están ustedes?" Entonces la cámara capta un plano de los niños contestando “bieeen” con enorme alborozo.

Cosme Cuitado, que aún tenía el mando del aparatillo en la mano, buscó un botón y paró la imagen. Habían pasado lo menos treinta años y acababa de reconocer a Mari Carmen Martínez Pomar con el uniforme del Sagrado Corazón y esa diadema fardona que llevaba a veces, contestándole al payaso que se encontraba bien. No daba crédito, era Mari Carmen. Se le hizo un nudo en la garganta y cuando acercó la imagen con el zoom megapíxel (que permite ver todo grande y claro) rompió a llorar como un idiota. Lo menos treinta años hacía de aquel final de curso.

Los alumnos del Calasanz siempre esperaban a las niñas del Sagrado Corazón ora para tirarles piedras, ora para hacerles desplantes pero ese final de curso Mari Carmen Martínez Pomar, no está esclarecido todavía el cómo ni el porqué, le dio un beso en los labios a Cosme Cuitado y para cuando reaccionó, ni Mari Carmen estaba ni él tampoco porque con su familia marchaba camino de Benicàssim donde pasaba el verano. Y hasta ahora.

Su hijo le lanzó un quéhacespapá que le devolvió a la realidad. Se excusó vagamente sin coordinar la frase y ahí quedó la cosa.

23 nov 2016

La modorra vespertina

Con la intención de pasar la tarde amodorrado, hizo acopio de cojines y también pescó una manta. El teléfono y las gafas, cerca. Cuando le pareció que estaba todo dispuesto, se marchó a mear con el fin de no tener la necesidad de cambiar de postura en mucho rato.


Cumplido que estuvo con el cuerpo, se acomodó y fue arropándose metódico hasta dar con la postura ideal. Puso la tele en marcha y buscó canales soporíferos; al momento dio con uno en el que estaban poniendo un documental sobre África. Un dato atrajo su atención: una voz decía que uno de cada dos africanos carece de energía eléctrica con la que hacer su vida más cómoda. Africanos hay a cholón, añadió la voz. El dato era muy interesante y le provocaba cierto disgusto pero la manta ya le daba el calorcito adecuado y se durmió. 

El televisor siguió a la suya con el documental que cuando terminó, sin solución de continuidad, dio paso a otro presentado por un insigne antropólogo británico con sombrero y pañuelo al cuello que iba acompañado por una actriz famosa en pantaloncete corto y camiseta bastante prieta. Iban primero en una avioneta y luego en un todoterreno japonés. Abrió los ojos un momento pero se giró al otro lado y siguió sesteando. En la pantalla, el doctor antropólogo se volvía tarumba explicando a su bella acompañante la gran maravilla que era encontrar una tribu como aquélla en la que las mujeres salen a buscar agua y hierbas comestibles recorriendo varios kilómetros y los hombres cazan monos y recolectan miel. Al rato abrió un ojo y la actriz y el sabio ya volaban hacia Londres en un avión comercial. 

La tele la emprendió con unos que desde su yate marcaban tiburones blancos y él siguió durmiendo durante casi todo el documental.

1 oct 2016

Dentro del profiláctico

Si se trata de un condón, dentro del profiláctico hay un pene pero muchas veces dentro del profiláctico hay una persona; como en el circo. Si los trapecistas trabajaban con red sentíamos la injusta tranquilidad de saber que nadie resultaría herido pero si el jefe de pista anunciaba un número sin red, la cosa adquiría mayor morbo y valor.

En la vida pasa lo mismo por la tendencia a creer que las grandes personas trabajan sin red aunque resulta que, por fortuna para ellas, están dentro del profiláctico sin que nadie se dé cuenta.

Alberto Oliveras con su premio Ondas
Es el caso de estos dos admirables personajes que seguramente recordaremos.

Teresa de Calcuta con su beatífica sonrisa
Alberto Oliveras fue un famosísimo periodista español que tuvo el ojo de realizar el programa radiofónico más recordado de todos los tiempos porque estuvo diecisiete años en antena. Ustedes son formidables se dedicaba a la caridad: inundaciones, enfermedades graves, miserias en general y colecta de fondos con los más nobles fines humanitarios. Gozaba el programa de una potente sintonía  que predisponía a los oyentes como la campana al perro de Pavlov. El programa arrasaba, naturalmente y vertía más y más prestigio sobre su director que vivía apaciblemente en París en un apartamento que perteneció a Modigliani. Así que el hombre, dentro de su profiláctico, no se manchaba con la mugre de una España casposísima y dictatorial.

Con la santa albanesa Teresa de Calcuta tenemos también un ejemplo parecido solo que de nivel galáctico. Esta santa mujer consagró su vida al sufrimiento ajeno como bendición para quien lo padece y para quien lo contempla. Cuanto más se alargaba la vida de sus moribundos en las peores circunstancias de atención médica y humanitaria, mayor gloria para Dios y para la propia santa que quizá sublimase alguna pulsión sepulta con obtención de un enorme placer místico. Esa vida en la que el sufrimiento extremo de los otros se mezclaba con el íntimo placer propio se tornó en enfermedad y la santa, lejos de tratarse en uno de sus inmundos hospitales voló a California para recibir el tratamiento más moderno y contrastado. Santa Teresa de Calcuta vivía en medio de un lodazal de miseria, dolor, padecimiento y muerte pero ella, como Oliveras, estaba dentro de su profiláctico.

22 jul 2016

El rictus admirado

Con la majestad que le es propia a los tronos colmados de luces en los que desfilan en procesión, cualquier jueves santo, las reinas de los cielos, el carrito de plástico con una enorme bolsa amarilla en la que la leyenda en rojo Clear hacía de mascarón de proa, se fue acercando pausadamente al campo de visión del público que esperaba paciente. Se vieron distintos pulverizadores conteniendo diversos líquidos verdes o azules; con pompa llegaron los frascos de lejía, plumeros o bayetas que protegían la amura y detrás, como si de la santabárbara se tratase, orgulloso se alzaba el palo de la fregona y más abajo el cubo con su ingenioso escurridor. Conducía esta máquina insigne, muy pagada de sí misma, Plácida Expedito que no miró sino al frente en todo momento.

Cuando divisó el portento que era el carrito de la limpieza, a Juliana Moreno se le iluminó la mirada. Sentada en un banco junto a dos personas más, esperaba a ser atendida por la asistente social cuando le llegase el turno y fue presa de un arrobo beatífico. Ahí va esa mujer envanecida de su henchido carro de la limpieza, con su uniforme impecable y mono. Y con su sueldo a fin de mes y sus pagas extraordinarias...

Quien estuvo atento, allí pudo ver el rictus admirado más acabado que se haya podido captar nunca.