22 nov 2020

El episodio


 El televisor parpadeaba en color y en blanco y negro otro documental machacón sobre la copla, esa insignia de la caspa que todos los artistas coinciden en ensalzar con el apelativo de "cultura de España". Bueno, pues allí canturreaba algún digno representante del género y comenzaron los alaridos que venían del fondo del pasillo ya mal iluminado porque la tarde declinaba. Toda clase de imprecaciones, un cagarse en la puta madre que parió a nosequién, golpes, bufidos...

Paqui dejó despacito un calcetín que zurcía, se puso las zapatillas -chinelas eran, creo- tomó aire por la nariz y lo exhaló con resignación; se había levantado de la silla y se apoyó un instante en el marco de la puerta, levantó la cabeza para prestar atención porque el pasillo estaba en silencio pero volvieron las voces. Paqui negó con la cabeza y se puso en marcha despacio.

Por el camino hacía memoria de las recomendaciones de la psicóloga: tono suave y calmado, sin alterarse, escuchando paciente sin imponer nada. "Me cago en sus muertos", pensó porque de todas todas hubiera preferido estallar pero esa mierda de la calma casi siempre funcionaba.

Arreciaron los gritos como un pedrisco con viento racheado y Paqui llegó al quicio de la puerta, movió la manija despacio y chirriaron los goznes; eso interrumpió la grita y la puerta siguió su apertura con gran silencio de fondo.

Un Son Goku de resina atravesó en diagonal la habitación en vuelo supersónico y fue a estamparse contra una estantería repleta de videojuegos, se recuperó la salmodia desaforada de imprecaciones, gritos e incluso llantos momentáneos circunstancia que aprovechó Paqui para tomar asiento.

"¿Ya te ha dao, Kevin Ambrosio?" Pero la respuesta no afloraba y la traca siguió su acelerada explosión. Casi tres años de lo que los entendidos llamaban episodios. ¡Muy bien dicho! ¡Como si aquello fuese un serial televisivo que puedes decidir no ver! ¡Episodios! Es que está en una edad difícil. Coño y yo, pensaba Paqui.

Comenzó a hablarle tan quedo que ni ella se oía. Era como una oración; el avemaría que invocaba la calma. Siempre soltaba el mismo párrafo con el mismo incremento de voz y las mismas pausas. Cuando llegó a ¿quieres un vaso de leche templada? el vendaval amainaba. "No, quiero la pley".

Se levantó y le dio un beso en la frente y un apretoncito en el cuello; suave sin casi fuerza. Salió de la habitación y sin prisa se marchó llorando a la cocina.