16 jun 2021

La mano del padre

 

Dar la mano, para saludar o para despedirse, implica casi siempre un riesgo porque muchas personas la dan de modo cicatero, sin ofrecerla sino más bien hurtándola, abreviando el contacto, rehuyéndolo. También existe la posibilidad de que la mano esté fría o sudorosa, así que dar la mano es un trance del que muchas veces se sale con bien y otras, por desgracia, decepcionado.


 En cambio uno de los lugares más seguros es la mano del padre. Conocemos sus dimensiones, su tacto, su temperatura y no me refiero a la mano del padre que administra severos correctivos en forma de bofetones sino a aquélla que buscamos o nos encuentra en las horas más bajas, la que esperaba el instante para no ser empalagosa sino balsámica.

Trascender lo razonable, remarcarlo o darle carta de valor muchas veces requiere del notario de la vida, de la mano del padre que, como el agujero de gusano que tan del gusto de Proust hubiera sido, nos lleva al mar de los perpetuos consuelos donde no valen las excusas ni las contriciones porque todo, desde hace rato, está ya perdonado.